domingo, 26 de marzo de 2017

Ansiedad.

Y entonces caigo en un vacío sin fin, pero mis pies siguen pegados al suelo.

Mi cuerpo se vuelve de piedra mientras mi cabeza es un cúmulo de pensamientos catastróficos por los que mi consciencia pasa a la velocidad de la luz. Solo me siento capaz de fruncir el ceño como respuesta a esa migraña.

Una sensación fría y viscosa  recorre mi espalda que se traduce en que mis manos dejan una sombra húmeda en las mesa donde las tengo apoyadas.

Mi estómago se da la vuelta totalmente y noto como me arde justo debajo del esternón como si se estuvieran sellando para que la comida no pudiera entrar nunca más.

Los oídos me pitan como consecuencia de mi hervidero mental.

De pronto, me doy cuenta de que el aire es incapaz de entrar en mis pulmones. Son de piedra como el resto de mi cuerpo. Cuando consigo hacerlos funcionar, el oxígeno se me escapa. Y por más que respiro, menos tiempo consigo retenerlo.

Miro a mi alrededor temiendo de que alguien se haya dado cuenta de mi espectáculo pero todo el mundo permanece con la vista fija en su cosas.

Siento que han pasado horas, pero solo llevo así unos segundos.

Entre pensamientos que se pisan unos a otros hay una voz que sobresale: CORRE. VETE DE AQUÍ

Pero mis piernas son de piedra también.

Y en ruidoso silencio espero que se calme mi infierno interno.




1 comentario:

  1. Hay veces que simplemente no puedes escapar, puedes intentarlo, ya sabes, como aquellos que dicen que podemos controlar nuestras emociones, nuestros sentimientos... Pero no siempre es así, no podemos tener el control de todo, de hecho no lo tenemos.
    Sufrir, sentir esa sensación de que el mundo nos atrapa, de inmovilidad, es parte natural de todo el proceso de curación, de hacernos fuertes, pero duele. Las heridas están para cerrarlas, aunque las sentimos...

    Somos y seremos, el reflejo de lo que queremos ser, pero mientras tanto, vivamos.

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